Por William Diaz Fuente: El Post Para los que egresamos del colegio hasta fines de los ochenta, el mundo y el futuro se dividía en dos. Los que podíamos entrar a una universidad asegurando de alguna forma nuestro futuro y los que, por distintas razones, no podían y quedaban condenados a condiciones más desmejoradas.Ello porque en esos años solo 119 mil de poco más de 1.400.000 jóvenes ingresaban a la oferta académica que hacían las universidades conocidas como tradicionales, públicas y privadas de la época.
Esto significaba que el 16% de los jóvenes tenía la oportunidad de iniciar un camino para ser profesionales y lograr un futuro mejor.
Hoy esa realidad es muy diferente.
En cifras del 2011, el sistema tradicional de educación universitaria tiene 266 mil alumnos, mientras que el privado matricula 324.400 jóvenes.
Este dato es importante, porque a pesar de que el sistema tradicional ha duplicado su matrícula, existe la razonable duda de que en todos estos años se hubiesen generado condiciones de infraestructura para recibir a los más de 300 mil estudiantes adicionales que hoy tienen la posibilidad de estudiar en la universidad.
Ello es relevante porque esos jóvenes estarían afectos a condiciones de desarrollo y futuro económico muy desventajosas respecto de quienes sí tuvieron acceso a la educación superior.
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